miércoles, 16 de diciembre de 2009

Otoño



Lento peregrinage del sol
entre ruinas sagradas.
La vid ha madurado:
ya no guarda secretos.
Las sombras del bosque
juegan con la tarde.
Las primeras estrellas aguardan pacientes,
el dolor del ciprés y el aroma del pino.
Declinante, el estío derrama su sangre
en las alas del cielo;
la tierra se cubre de hojas.
Es tan simple el amor.
Las dulces caminatas, tus pasos que se alejan
por callados senderos.
Dulcemente el oboe, dulcemente las flautas
despiertan ruiseñores, ahora que entiendes
el canto del mirlo.
Los amantes descansan en su ardiente pasión,
en lecho apacible de ocres. Entonces es otoño.
Preguntas en la hierba, oscuras respuestas.
Brújula de silencios.

(De "Sin naufragio aparente", ediciones Ultimo Reino, año 1999)

La Luna



La luna tiene un hermoso helecho de plata petrificado en el jardín del edén.
Ella es sensible al aullido de los lobos, pero no cambia su reinado por el amor de la noche y menos aún por el esplendor de las estrellas. No se compromete a iluminarnos siempre, pues todo tiene un límite. No le gustaría tener una heredera impostora ni una discípula creada a su imagen y semejanza. Sus secretos los conocen los desamparados, los verdaderos solitarios, esos seres que pasan inadvertidos por casi todos, pero a los que ella ha nombrado con su verdadero nombre y sobre los que ha derramado el dulce secreto de su paseo estelar. El croar de una rana, el silbido de una lechuza, el lento andar del pastor de un rebaño, la agiganta. Los faros cuya luz gira en el océano y retorna, la esperan por las noches en las altas torres del silencio. Ella se desnuda detrás de las nubes y viaja en los barcos, en las frágiles canoas. Desaparece en el agua y corre por el cielo como una niña acosada por una bruja.

(De "Sin naufragio aparente", ediciones Ultimo Reino, año 1999)