miércoles, 13 de enero de 2010

Domingo por la tarde


Iré de la pura invención a la mínima emoción. Domingo por la tarde.
Gaviotas enlatadas sobre el mantel floreado, para no tentarme enciendo un cigarrillo.
El primero y el último del día, me digo, sabiendo que es mentira.
Se abisma el sol en el tibio refugio del pan y las tostadas.
Amor, si nos demoramos en tomar el té, la tarde pasará sin que nos demos cuenta.
La vida se amontona en el desorden de la ropa a los pies de la cama, es hora de afrontar la maraña revuelta de nuestra intimidad.
Aunque esto aún puede esperar, hay tiempo todavía. El café perdió el sabor neutral de la semana, pero el vicio es el vicio, no puede controlarse; ustedes bien lo saben o deberían saberlo.
La histeria de mamá, la mancha en la alfombra que dejaron los tíos al entrar con barro en los zapatos, además cayeron de sorpresa. Domingo por la tarde.
El novio de Clarisa da vueltas en la moto para que ella lo vea.
Clarisa, reaccioná, la vida se esfuma, las gaviotas volaron y la mancha se extiende. Crece en concordancia con la histeria de mamá.
Los abuelos jugaron a las cartas el tiempo que ganaron para el ocio. Bendita vejez, lujosa miseria.
La mancha se extiende, se desliza por debajo de las puertas, abarca la calle, las veredas, el jardín, el fondo de la casa y de casas vecinas. Domingo por la tarde.
Mañana se reducirá seguramente a su mínima expresión, será una sombra apenas perceptible, que limpiará la mucama siguiendo las cuidadosas órdenes de mamá.
A ellas les debemos la neutralidad emocional que trae el lunes. El caos inquieta o amenaza las apacibles tardes del domingo.

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