UNA HAMBRIENTA SEÑAL
'' es en tus ojos donde la luz desata sus mares/
es por ti que el mar reanuda su juego/... ''
Alberto Vanasco
I
Camino por los bosques de Sauce Grande
he atravesado verdes primordiales,
penumbras melodiosas,
cantos de pájaros en vuelo o en su rama. Lluvias de nogal.
Bajo mis pies, senderos y hojas crujientes en la hora del espíritu.
Y es difícil salir de este paraje que iniciará la huida permanente,
la diáspora del ser,
la agonía invisible,
la mordedura de la niebla.
II
Con secreta esperanza de resurrección, decido atravesar los médanos de fuego, los látigos del viento
-devastado refugio que calcina los pies,
torpe lengua de trapo,
ojos cegados por la arena-
Y así, alucinada, camino por las playas de olas destronadas.
Me detengo ante el sagrado abismo de las franjas grises y verdes
que pudiera ser Dios o la gota fría del infierno.
III
Mar: manantial de lunas bajo el follaje del sol,
templo despojado de los frutos de la tierra
y majestuoso espejo de los cielos del séptimo sello. Me arrebata
el misterio del oleaje perpetuo
que libera mi ser consternado en las horas azules,
donde sólo tu voz resuena como un eco del tiempo eterno
en susurros indescifrables.
Metafísica de sal y espuma, mi piel se redime o flota traspasada por tu sed.
Acuerdo infinito de liviandad que permanece inalterable
-cuerpo etéreo, cuerpo libre, cuerpo mecido en el agua-
Sentido último y primero de la vida.
IV
Mar: vislumbro certezas en el vuelo de las gaviotas,
en el íntimo rumor de los caracoles, en el roce de espinas agrias,
en la transparencia viscosa de las medusas.
Relámpago, almohadas de niebla, brisa de sexo.
Hora sagrada del barco fantasma, silueta del crepúsculo y hundimiento del sol.
Viejo muelle carcomido por el viento y las mareas,
en tus palos atraca mi mirada incesante que fluye y retorna como la luz del faro
emitiendo una hambrienta señal.
'' es en tus ojos donde la luz desata sus mares/
es por ti que el mar reanuda su juego/... ''
Alberto Vanasco
I
Camino por los bosques de Sauce Grande
he atravesado verdes primordiales,
penumbras melodiosas,
cantos de pájaros en vuelo o en su rama. Lluvias de nogal.
Bajo mis pies, senderos y hojas crujientes en la hora del espíritu.
Y es difícil salir de este paraje que iniciará la huida permanente,
la diáspora del ser,
la agonía invisible,
la mordedura de la niebla.
II
Con secreta esperanza de resurrección, decido atravesar los médanos de fuego, los látigos del viento
-devastado refugio que calcina los pies,
torpe lengua de trapo,
ojos cegados por la arena-
Y así, alucinada, camino por las playas de olas destronadas.
Me detengo ante el sagrado abismo de las franjas grises y verdes
que pudiera ser Dios o la gota fría del infierno.
III
Mar: manantial de lunas bajo el follaje del sol,
templo despojado de los frutos de la tierra
y majestuoso espejo de los cielos del séptimo sello. Me arrebata
el misterio del oleaje perpetuo
que libera mi ser consternado en las horas azules,
donde sólo tu voz resuena como un eco del tiempo eterno
en susurros indescifrables.
Metafísica de sal y espuma, mi piel se redime o flota traspasada por tu sed.
Acuerdo infinito de liviandad que permanece inalterable
-cuerpo etéreo, cuerpo libre, cuerpo mecido en el agua-
Sentido último y primero de la vida.
IV
Mar: vislumbro certezas en el vuelo de las gaviotas,
en el íntimo rumor de los caracoles, en el roce de espinas agrias,
en la transparencia viscosa de las medusas.
Relámpago, almohadas de niebla, brisa de sexo.
Hora sagrada del barco fantasma, silueta del crepúsculo y hundimiento del sol.
Viejo muelle carcomido por el viento y las mareas,
en tus palos atraca mi mirada incesante que fluye y retorna como la luz del faro
emitiendo una hambrienta señal.

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