LA CONDENA
En una viña festiva donde la noche bendice
sus juegos de semen y saliva, la sangre prodiga lágrimas, viajes,
húmedas transparencias. Secretamente, muy en el fondo de la caverna
/ oscura, va creciendo la muerte a expensas del placer,
en precisión de agujas, en senderos de sol artificial,
y saltos en las nubes del dolor,
y escamas amarillas en la piel.
Yo, ni hombre ni mujer,
portador del mal, me declaro inocente de mi sexo,
mi color y mi niñez. No soy más que estas ojeras y estos huesos
donde alguna vez brilló la noche y el fuego de todas las estrellas.
No se trata de partir hacia el mar, sino del súbito temblor y odio
y confusión al ver resquebrajarse las maderas de mi nave
tan, tan cerca de la orilla
No se trata de condenar a Eros en su íntimo fervor, ni a fiestas del hastío,
ni a las horas alquiladas a gusto de la tentación.
No quiero dejar en herencia las huellas invisibles del miedo,
ni las mutaciones de mi ser, ni antiguas fotos,
ni el insoportable olor de los remedios.
No reclamo un bálsamo perfecto para este tormento
que me niego a llamar pecado o vicio.
Sólo busco alivio, un poco de alivio, el máximo posible.
Porque soy distinto y señalado, le ruego a la casta Virgen que ama
a todos por igual.
El reloj se deshace en escarcha, soy un convicto que no intentará
huir de los eclipses,
sino de las miradas, de los juicios, de los ritos piadosamente sombríos.
Para qué recordar otra vez la fábula del caído ante la cruz, si la historia /repite su corona de espinas.
martes, 22 de junio de 2010
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